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Una semblanza de Pedro Lezcano

Cabeza Mesada, el pueblo donde Pedro Lezcano vivió sus primeros años, debía tener un sol de justicia, quijotesco, eterno, de secano. La abuela Petra fue buena con él, el huérfano de su hija, cuando su yerno le dejo al vástago para que lo criara mientras el padre se buscaba la vida en trabajos de oficina regados con coñac del barato. Trocar mi vida nueva por tu gastada muerte/ fue mi primer comercio ventajoso y canalla, escribiría muchos años más tarde el poeta en unos versos dedicados a la madre desconocida. Esa fue la primera de sus muchas aventuras autodidactas: imaginar besos y caricias en una infancia de cal y barro.

Aún muy niño dejó atrás el humo de los trenes de la estación de Arganda para descubrir la Patria que le pertenecería de por vida. Un golpe de suerte, la herencia de una tía, trae a Pedro, a su padre y a su hermano Ricardo a la Isla. Una rara vegetación, unas azoteas donde asomaban cabras y un abuelo militar que lo lleva a dar paseos por el Monte hacen el resto. Y el mar, el patio de juegos donde terminaban las guirreas con callaos de la marea junto a San Telmo, cuando la ermita aún tenía hendido un brazo de muelle en el Atlántico.

Las clases en el instituto no fueron el balde: tuvo entre sus profesores a Espinosa, el surrealista canario, y al cura don Joaquín Artiles, con el alma dividida entre la fe y una lista de libros prohibidos. Aunque modesta, la ola de pensamiento de la Institución Libre de Enseñanza, también llegó a Canarias. En casa apenas había libros, pero la biblioteca del Museo Canario le descubrió el valor de la Palabra porque cayó en sus manos la Antología de Gerardo Diego. Y de ahí, la guerra; los amigos mayores que marcharon al Frente y otra vez un hermano ausente, escapando de los bombardeos en Barcelona con un espíritu de supervivencia casi genético en su familia.

A Pedro lo movilizaron más tarde, en la última quinta. Ventura Doreste, uno de sus amigos de lecturas y vida, también estaba en el mismo cuartel. Lezcano cavó trincheras interminables en Arinaga mientras redactaba cartas de amor para las novias de sus compañeros iletrados. Y asistió al ritual de la Muerte con el fusilamiento de un pobre maestro de escuela del que la historia de los vencedores hizo borrar el nombre, como a tantos otros.

La Laguna, a donde fue a estudiar Filosofía, fue el lugar de los primeros amores. Hambre no se pasaba en la pensión de doña Conchita; solo había que preocuparse de los chinches, eternos compañeros de viaje de la posguerra. Don Elías Serra, el catedrático, le daba unas perras para que lo ayudara en la catalogación de la entonces raquítica biblioteca de la Universidad. Después tuvo que coger el barco -donde trabó amistad aún mantenida con Carlos Pinto- y volver a Madrid, en una Universidad bien distinta de La Laguna familiar que había conocido.

Lo único interesante de la Facultad era el bar, donde conoció a Eugenio de Nora y otros jóvenes poetas españoles. Sotanas y tomismo inundaban las aulas con un sopor que duraría aún muchos años en el pensamiento oficial del país. Pero quedaba el Gijón, con tertulias a dos y tres bandas, donde la creación poética se expresaba a través del círculo del bondadoso García Nieto y los garcilasianos. Por supuesto, también tenía plaza Cela y el rubicundo y pelirrojo Fernán-Gómez junto a otros personajes de la farándula madrileña. Era visita obligada, a poco que uno escribiera versos, acercarse hasta Velintonia, donde Aleixandre mantenía encendida la llama poética del 27 con un ritual ajeno al silencio de aquellos días.

La vuelta a Canarias fue obligada por los sentimientos: el mar y el recuerdo de Carmen Jaén, el amor de su vida (A enraizarse vivo/ viene desde los mares un vigía que grita./No desdeñe tu seno su vocación de olivo,/ mujer, tierra bendita. Vendió el único recuerdo que le quedaba del pueblo manchego de su madre, unas tierras donde el trigo era más antiguo que la presencia del hombre, y con las ganancias se compró una máquina de imprimir y tratados técnicos para aprender lo que no sabía. La imprenta, en la calle de los Moriscos, era visitada por ilustres bohemios de la capital como Victor Doreste, que se acercaba hasta allí en chanclas y pijama. Al caer el día se trasladaban al Bar Polo, que aún se asomaba a las riberas del Guiniguada entre olores de carajacas y medianías.

Los Millares Sall mayores, Ventura, Felo Monzón y las féminas de Mujeres en la Isla propiciaron encuentros literarios y de amistad que lo hicieron editor de libros las más de las veces deficitarios. Antología Cercada, adelantada a su tiempo por anunciar una voz nueva, no pasó desapercibida más allá de las fronteras de la Colonia, pero la presencia física de la periferia estaba muy lejos de los reducidos cenáculos literarios de entonces (Se prohíben los sueños a deshora;/ para soñar ya hay decretadas fechas,/ hay parques con pájaros y novios/ hay líricos poetas.

Ya había entrado en su vida el ajedrez, con una matemática precisión que poco tenía que ver con su aventura de vivir. Y el mar había dejado de tenerle como un visitante complacido de sus orillas: descubrió el submarinismo y a los meros enrocados sobre la lengua de piedra de La Barra, cuando Las Canteras refugiaba a las primeras suecas en el Colón a rebufo de boleros arrastrados. Seguían publicándole fuera sus amigos continentales, pero su espíritu no paraba sólo en eso: con Ricardo, juntando los dos las espaldas -Las espaldas, hermano, ese lugar donde germina el ala-, con amigos y familia, funda el Teatro Insular de Cámara. El Museo Canario les acoge; en los camerinos, donde se cambian el Godot de Ionesco, el Lindo don Diego o el inquisidor de las Brujas de Salem son observados por las momias de nuestra prehistoria con mortuoria indiferencia. Fueron 12 años de éxitos que trascendieron el mágico prodigio de la afición. Lezcano pinta decorados, dirige y actúa con proverbial facilidad.

El compromiso de las Letras fue también el de las ideas. El vate fue compañero de viaje de los clandestinos comunistas, pero la ortodoxia del Partido nunca fue de su agrado: cualquier tipo de fe estuvo siempre lejos de la duda existencial de Lezcano. Primitivas máquinas de impresión y volanderas hojas de propaganda salieron de sus manos para ayudar a romper el silencio. Con Germán Pírez compartió dialéctica y ajedrez. Germán siempre andaba huido –la orden viene de la sangre, dice un verso de Agustín-; al final, hasta la Memoria traicionó a Pírez, héroe anónimo de la pequeña historia insular en los años de lucha antifranquista. El Corredera sí que llegó a mito, aunque le costó la muerte en el garrote. Con Sagaseta, el mismo Agustín y muchos otros, Pedro hizo vigilia hasta apurar las razones de la sinrazón. Lezcano bebió de las fuentes estéticas del romancero popular para convertir a Juan García en personaje de leyenda: Canarias llora en los pozos/ para que nadie la vea/ por rebelarte a morir/ a la muerte te condenan.

Los hermanos Gallardo, Fernando y otros amigos de tertulia y vida caen en Sardina. Les quedan años de pasos repetidos en el patio del Dueso. Lezcano, vigilado de cerca, ve secuestrado su poemario Consejo de Paz (Bajaos del corcel, tirad la espada; / los héroes ya no existen o están en cualquier parte./Llegará la hora cero de ser héroes/ cualquier día cruzando la calle). Un tribunal militar se forma para juzgarlo; aún conserva cartas y pliegos de apoyo venidos desde la solidaridad a su obra poética. Uno de ellos está firmado con huellas dactilares de mujeres aparceras que no saben escribir su propio nombre; son gentes del pueblo que recitan su poesía a la luz de los candiles. Eran aún los años de la paz condenada, pero empezaba el declinar de la Dictadura.

El poeta puso sus versos al servicio de la Transición. La marea humana, ahora sí, salía a la calle en busca de sus derechos civiles. De mitin en mitin se le oía recitar La Maleta; hijo de una patria que había recorrido por senderos y veredas, se adscribió al nacionalismo entonces emergente (Yo rezo con la lluvia por el retorno al valle,/ cuyo perfil tenía rostro de compañero...) Su voz nunca fue la del político profesional: para algo era poeta y amigo de sus amigos, aunque no compartiesen su credo ideológico. Su camino por los despachos oficiales dejó un rastro de humanidad que se seguirá echando de menos entre tanta egolatría política. Su cultura, la aprendida entre los libros y los hombres, era una excepción entre tanta palabra hueca.

Tuvo tiempo de volver a los escenarios. Lo hicimos juntos muchas veces y siempre nos robó los aplausos, aunque sus versos fueran escuchados por primera vez por auditorios extranjeros. Aprendimos mucho entonces de su estatura humana, de su perfil de poeta “a la antigua”, inundada su palabra por la necesidad de ser escuchada, de ser recitada de sus propios labios.

Gran Canaria